¡Peligro!, no entrar.

No es necesaria la fecha

 

¡PELIGRO! NO ENTRAR

 

Me encontraba deambulando por una pradera, una la cual conozco muy bien, cuando me detuve frente un letrero “¡Peligro! No entrar”, decía el anterior. Alguna vez había escuchado hablar de aquel, de hecho, más de una vez. Me encontraba frente a la entrada de un bosque, uno del cual se me había hablado en repetidas ocasiones. No sé que fue lo que me llevó a hacer caso omiso de la advertencia, decidí entrar.

Entre sin cautela, el suelo era suave, los aromas embriagantes, aparentaba ser todo menos peligroso ese lugar (quizá así lo era). Creo que esa primera impresión no expresó mucho ni del bosque, ni de mí; su visitante, a lo mejor turista. Quise seguir recorriendo ese lugar, no podía dejar de pensar en el letrero, no parece peligroso aquel lugar – lo pensaba una y otra vez- .

Caminaba por el bosque, realmente sin rumbo ya que no había brechas marcadas; mucho menos señalamientos. Con cada paso que daba no sabía si me estaba adentrando en ese lugar o caminando por el límite entre éste y la pradera. Continuaba con mi camino, recorría el suelo suave de aquel, me atrevo a decir, hermoso lugar. En ocasiones el suelo estaba cubierto de hojas secas, que tronaban casi entonando una melodía; en momentos estaba cubierto por musgo, se sentía muy bien esa suavidad; más de alguna vez pisaba lodo; no me importaba, quería seguir descubriendo lo que escondía ese lugar.

Después de algún tiempo, no es necesario mesurarlo, me senté en una roca que encontré; ésta estaba frente un arroyo. Había dado con el primer patio, por llamar de alguna forma al primer espacio abierto con el que me topé de aquel bosque. Me senté, repito, no es necesario mesurar el tiempo; simplemente me detuve a descansar. Sucedió algo muy interesante, el bosque me habló.

Me habló, con la música que produce un lugar como ese; las hojas sonaban al momento que eran agitadas por el viento, el agua del arroyo murmuraba sin cesar, el viento producía hermosos sonidos al colarse por entre los troncos. Se detuvo mi aliento, me quedé impactado con aquellos sonidos; el bosque comenzó a escucharme; mi respiración, mis párpados al cerrarse y abrirse, el tronar de mis dedos.

Creo que nunca podré saber si se estaba produciendo algún vínculo entre el bosque y yo, o si todo era producto de mi imaginación. Pero seguiré contando esta historia como si ese vínculo se hubiera creado (quizá lo hago por compasión a lo que sentí).

De algo puedo estar seguro, después de haber descubierto ese espacio abierto, ese paréntesis en el tiempo en el que tal vez nos empezamos a comunicar el bosque y yo; fue cuando me percaté que nunca caminé por el borde del lugar, cada paso que estuve dando lo daba hacia el interior del bosque.

En algún momento sucedió algo extraño, que realmente fue familiar. Ruidos, murmullos, fui consciente de esos sonidos; lo cómico, lo irónicamente cómico fue que esos sonidos no provenían ni del bosque ni de mí. Aquellos sonidos que hago mención resultaron ser de otros habitantes (¿habitantes?), o quizá habitante; de lo único que estaba seguro es que no provenían ni del espacio ni de mi ser.

Decidí no pensar en la cantidad de criaturas que habitaban o continuarían habitando ese bello bosque, continué mi camino de frente (por darle alguna dirección a mi andar), conociendo, continuando conociendo al bosque. Era realmente reconfortante conocer esa tierra, ese espacio en el mundo, me seguía cautivando a cada paso; creo que siempre tendré la duda de si en algún punto de mi andar, llegué a cautivar al bosque (decido creer que así lo fue).

Continuaba con mi descubrimiento de aquel pedazo de existencia que he decido llamar “bosque”, realmente lo era, porque por largo o corto que haya sido mi andar, era realmente imposible conocerlo del todo. Después de haber comenzado a escuchar los distintos sonidos, que no eran ni del lugar ni míos, mi mente daba vueltas; se desordenaba. Dejé de reconocer el norte, dejé de reconocer mis pisadas; dejé de reconocer mis sonidos.

Encaré, me planté frente al bosque; si es que es posible enfrentar a un lugar que has decido te rodee por completo; lo cuestioné, de verdad lo cuestioné. Le pedí que me hablara de esos habitantes, de esos ruidos que sabía no eran producidos por mi. No supo responderme, el bosque se habita; y nunca es al sentido inverso. No me regaló respuestas del todo, pero al haberlo encarado (por llamar del alguna forma a lo que hice), murmuró la criatura que lo habitaba; quizá ni siquiera fueron sonidos reales y solo el eco de aquellos sonidos que se encuentran casi tallados en aquel lugar.

Bajé la mirada, rodaron algunas lagrimas por mi rostro; debía tomar una decisión; aferrarme a ese lugar, perdiendo mi voz para convertirme en un eco más que lo habitara; o salir, salir corriendo, procurar reconocer mis pisadas, no hay mejor brújula que uno mismo… salí corriendo (escapé). Mucho más rápido de lo que pensé me encontré fuera del bosque, me detuve a respirar, mi cuerpo se encontraba fuera de ese espacio, de ese vacío en la existencia; ojalá pudiera decir lo mismo de mi mente.

Ha pasado (carece de importancia la cantidad), el tiempo y continúo caminando por la pradera, la pradera de mi cotidianidad; doblando mi cabeza hacia un lado, mi mirada descansando en ese límite difuso entre el bosque y la pradera; reconociendo que mi mente no ha escapado del todo de ese lugar. Quizá es esa parte de nosotros a la que hemos decidido llamar “experiencia”, que no ha desocupado por completo el bello bosque.

Sin importar donde se encuentren mis pensamientos, ya sea en su totalidad o en parte; cualquier cosa; siendo en este caso la claridad de todas las posibilidades de recorrer una pradera; es mejor que convertirse en el eco de un espacio que no reconozca tu existencia.

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