Ido y Venido

Después del 2020

Este será un relato que quizá se asemeje a la historia de todos aquellos que, como yo, han ido y venido; quizá han estado huyendo, pero siempre con el fin o la esperanza de encontrar esa magia que todos estamos esperando nos envuelva.

He ido y venido, he dejado mi casa tantas veces hasta dejar de saber cuál es en realidad la mía. Escapé por primera vez de mi cotidianidad con el pretexto de vivir una gran aventura antes de saltar a la vorágine de retos que es la vida adulta a los 20 años; hui con 20 kilogramos de equipaje a lo que mi país siempre ha prometido ser un paraíso. Por 60 días la playa fue mi casa, la libertad mi sustento y los amaneceres cargados de alcohol mi rutina. En ese capítulo donde día a día se vivían sueños cargados de colores, cocteles adulterados y metas fugaces, dibujé el comienzo de mi vida adulta; en plena libertad. Fue en ese periodo que descubrí o mejor dicho acepté mi orientación sexual.

Regresé a casa y por primera vez no era el mismo que siempre se había esperado, cogí el poco o mucho carácter que había forjado hasta entonces para plantearme cambiar de rumbo profesional, para dejar de ser quien se esperaba que fuera por quien quería ser. Tomé una decisión que quizá algunas personas considerarían no tan difícil y otras cuantas una arriesgada, decidí darle la espalda a la mal llamada seguridad laboral que representaba dedicarme a la profesión de mi padre. Lo encaré junto con el destino, para así poder dar un giro aún no sé qué tan abrupto, que me ha llevado a continuar sosteniéndome gracias a mi creatividad.

No es mi intención que el presente se lea o suene a una crónica, solo deseo se exprese el anhelo de ir y venir, en ocasiones huir de la rutina de la prisión que representa nuestra cotidianidad.

Fui moldeando mi intelecto durante un par de años para que este fuera controlado por mi hemisferio derecho, le di las riendas de mi vida al poder creativo. De lo anterior jamás me arrepentiré, dado aquello mi búsqueda creativa me llevó a mudarme a donde siempre sentiré es mi segunda patria. Decidí cruzar de hemisferio y volé a Santiago. Durante seis meses la Cordillera de los Andes fue mi vecina y fiel testigo de decenas de aventuras que viví custodiado por ella. Magia, eso encontré en tan bello lugar; amor, puede ser que haya encontrado algo de eso; un corazón roto, ese fue uno de los resultados que me llenaron de aprendizajes. Vi los atardeceres más intensos, conocí el desierto más espectacular, la capital de Argentina me mostró su cara más alegre y, Perú y Bolivia me empaparon con su belleza. Fue después de ese periodo que por completo me contagié de la necesidad de ir y venir.

Poco más de un lustro había pasado después de aquella experiencia liberadora que representó mi estancia en el Caribe, ya llevaba sumado o quizá multiplicado en mi ser; un corazón roto, ocasionado por la herida tan profunda que deja romper con el primer amor; una mente más consciente y arrepentida, principalmente de la educación de derecha y conservadora que se me había dado (misma que decidí deconstruir); y un apetito que raya en desorden alimenticio por ir y venir, hasta encontrar esa magia que todos y todas buscamos.

El siguiente capítulo contenido en poco más de 730 días, se vio protagonizado por mi proceso de independencias. Lo anterior lo expreso en plural ya que fueron tres muy importantes; la primera, profesional; la segunda, familiar; y la tercera, geográfica. Fue en este periodo donde decidí que, junto con un amigo, nuestra creatividad se viera liberada y controlada completamente por nosotros, dejé la casa de mi madre y mi padre, y finalmente corté de forma indefinida el lazo que me ataba a mi ciudad natal.

Dejar la ciudad natal, quizá para devenir antes de regresar a ella o quizá para nunca volver; no sabía con qué intención la dejaba, pero decidí hacerlo. Después de romper con el primer sesgo de independencia profesional, junté mis pertenencias y algo de dinero para mudarme a la Ciudad de México. Por casi un año y medio habité en una de las ciudades más grandes y densas del planeta, con todo lo que esto conlleva. La vorágine de experiencias, caídas y recuperaciones que viví durante 15 meses me amalgamó más fuerte, me hizo más consciente del peligro que representa escuchar a nuestros demonios y me animó a continuar con ese deseo de ir y venir.

Armé de nuevo la maleta, aquella llena de sueños y temores para cruzar el Atlántico y mudarme a una de las capitales del Viejo Continente. Fue entonces que llegué a Madrid, ciudad la cual siempre será al parecer mi segundo hogar. Durante once meses me dediqué a vivir mi sueño más grande, vivir en una ciudad europea; también cumplí la que ha sido mi meta más anhelada, estudiar un postgrado lejos de mi país natal. Durante esos once meses no solo crecí; evolucioné y mudé de piel, sobrepasé el reto más grande con el que me ha encarado el destino; ver tambalearse todo por una crisis sanitaria mundial. Por casi 50 días viví el agobio de la incertidumbre más grande, una pandemia arrebató mi libertad y menos de nueve metros cuadrados me obligaron a encarar hasta el último de mis demonios.

El viejo continente me regaló los momentos más felices y difíciles de mi vida. Quedaron tatuadas en mi alma todas las vivencias que lo que mencioné provocaron. Forjé amistades de distintas latitudes del mundo que sé durarán para siempre, y volé; me di cuenta que volé. Abrí mis alas como jamás lo había hecho, recorrí Porto y Lisboa para sorprenderme con la belleza de sus azulejos; recorrí una Barcelona desolada por una pandemia; me encontré con un viejo amigo en Bordeaux y caminé tantas caras de París casi hasta rayar en lo imposible. Mi experiencia en el viejo continente quiero imaginarla digna de los libros de Hemingway y Vila-Matas. Esa experiencia me bendijo con los recuerdos más bellos y me ha maldecido con las nostalgias más profundas.

Ahora y no sé por cuanto tiempo, me encuentro en mi ciudad natal. Parece una broma que llevo casi 12 meses pensando en cómo escribir este párrafo, con la esperanza que en éste se incluya una despedida. Es aquí donde nací, donde resulta que, sin importar el camino andado, o quisiera decir volado, me encuentro ya no de paso, sino terminando de construirme; detallando la última parte de mi alma siempre inconforme y me sed, que raya en alcoholismo, por huir. Por primera vez en más de diez años, me encuentro en paz conmigo y al parecer esto augura, que dejaré de conjugar el verbo escapar.

Guadalajara siempre será mi hogar, el Caribe donde encontré la libertad, Chile mi segunda patria, la Ciudad de México mi divino infierno, París mi paraíso y Madrid mi segunda casa.

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