(cartas para algunas ciudades)
Madrid
No sé por dónde empezar a decirte lo que me faltó hacer contigo, tampoco cómo enlistar todo lo que en demasía hice junto a ti. La primera vez que cruzó por mi mente compartir mi tiempo contigo fue algo así durante la mitad de mis estudios de arquitectura; fuera por buena o mala suerte no pude conocerte durante esos años.
Durante el año en que más enfermaste fue cuando entablamos nuestra relación, dicen que quien ama de verdad lo hace tanto en la salud como en la enfermedad; así lo hice y aún lo hago (aunque no estemos juntos). Tanto que nos faltó por hacer y hacernos, hacerte y que me hicieras…
Fue en un año nuevo cuando cruzamos miradas por primera vez, te presentaste con todos los abrigos que un guardarropa de invierno pueda mostrar y me enseñaste tu cara, aunque fría, más alegre… aquella llena de ilusiones. Jamás imaginamos los tropiezos que iba a dar nuestra relación, mismos que ni tu ni yo buscamos pero aunque sin planearlo, los superamos.
Querido Madrid… te extraño, quizá estoy arruinando el final de esta carta diciéndotelo tan pronto, pero extrañar es el primer verbo que conjugo cuando hablo de ti.
¿Por qué no visité más ese parque, ese del que tanto te enorgulleces?
¿Por qué no regresé a ese teatro donde hacías fiestas cada sábado?
¿Por qué no te (los) besé más?
¿Por qué no tomé más trenes que me alejaran de ti y pidieras mi regreso los domingos por la noche?
¿Por qué no entablé más amistades?
¿Por qué me negaste ese amor que tanto anhelaba me pidiera quedarme?
¿Por qué no tomé más cervezas?
¿Por qué no memoricé todas tus calles, en lugar de solo algunas?
Dicen que quien deja algo pendiente está destinado a regresar, así lo creo… nos debemos un café con leche alguna tarde de Otoño (aunque siempre he pedido mi café negro y sin azúcar). Dicen que el amor nunca se termina sino que se transforma, y quiero decirte que el nuestro mutó para ser eterno y llamarse nostalgia.
¿Por qué no apretaste mi mano más fuerte?
¿Por qué no me gritaste que me quedara?
¿Por qué no apreté tu mano aún más fuerte?
Querido Madrid me dolió verte enfermo, me dolió haberme aislado de ti por casi 50 días. ¿Qué hacías tu durante ese tiempo? Enseñarme que basta con aplaudir para tener fe, para esperar a que todo mejore. Gracias por ello.
Querido Madrid, ¿por qué no me permitiste habitarte por siempre? Me pregunto si debí haber luchado más por ti o tu haberlo hecho por mí. Junto a ti logré conocerme más, retarme más, quererme más; gracias.
No es justo escribir solo sobre las cosas que nos faltaron por hacer, también debo hacerlo, quizá por autocompasión, sobre lo que hicimos y todo lo que nos sobró. Gracias por todas esas noches interminables que ni un toque de queda logró detener, esas que culminaban con amaneceres en Gran Vía, en el departamento de un desconocido en Malasaña; o en charlas interminables en el balcón de un amigo cerca de metro Oporto.
Gracias por todos esos encuentros con distintos posibles exnovios; ya fuera caminando por tu río, en Matadero, en varias de tus terrazas, en distintos pisos siempre adornados con tu forma tan divertida de nombrarlos (interior o exterior, izquierda o derecha). Algunos de esos encuentros estaban cargados de promesas de amor que no sucedieron, planes inconclusos; de aquello quizá debo culpar o agradecer a mi corazón latino.
Mientras decido agradecerte vuelve a pasar por mi mente tantas cosas que me faltaron por hacer; como comer paella, deleitarme viendo una presentación de flamenco, haber visitado más de una vez al Guernica, haber regresado al museo Sorolla, haberte abandonado unos días para visitar el País Vasco, haberme perdido más veces en el Barrio de las Letras, disfrutar de más picnics en tus parques, gastado mi dinero en El Rastro, haberme enamorado…
¡Joder!, me dirías en un tono un poco elevado, pero que sí hicimos varias cosas y compartimos varias aventuras. Y sé, que lo que me faltó hacer no fue culpa de tu enfermedad, sino del exceso de alegría que me dieron otras actividades. Quizá hay un exceso de cuestionamientos en esta carta respecto a todo aquello que no compartimos, pero es verdad que la otra cara de la moneda brilla más que el oro.
Brindo y sonrío por todos esos vermús que tomé en tus terrazas, sin importar la estación del año que estuviera de fondo.
Aún ruedan lágrimas de felicidad al recordar mi camino diario atravesando parte del parque del Oeste para ir rumbo a clases.
Todavía recuerdo el aroma de tus bares y la gracia que me hacía ver que en todos ellos había máquinas dispensadoras de cigarros.
Todavía me pesa que mi historia con varios de tus habitantes se haya quedado inconclusa, pero me sigue divirtiendo saberme personaje de la historia de muchos.
No, quizá no me relacioné con tantos locales como hubiese querido, pero gracias Madrid por haberme regalado la amistad de 17 países distintos; por esos compañeros y compañeras de clase que llevo grabados en mi memoria. Gracias por haberme permitido crecer académicamente en tus aulas y con ello dejado una parte de mí en una de tus universidades.
Madrid, que es cierto y de verdad lo es, que conociste a la más real y transparente de mis facetas; nadie me ha conocido como tú y por ello es que a nadie he extrañado más que a ti. Madrid es verdad como alguna vez cantó Agustín Lara, que en México se piensa mucho en ti.
Madrid moviste mi corazón más que lo que la Movida pudo hacerlo con Malasaña, me desvelaste más que cualquier cantina de la Ciudad de México, inundaste mis oídos con cada sonido hermoso tuyo, deleitaste mi paladar con cada una de tus tapas y raciones, me permitiste conocer desde tu cara Medieval hasta aquella del siglo XX que no te sienta tan bien. Madrid ya lo dijo Octavio Paz, que México está condenado a ser Moderno, pero mi corazón es de antaño y se enamoró de tus callejuelas, balcones, guardapolvos, basamentos y de cada plaza que a manera de patio surge por doquier.
Madrid gracias por sobre todas las cosas por haberme regalado esa amistad de una mujer que admiro tanto, con quien caminé incontables kilómetros tuyos, con quien disfrute de infinitas tazas de café, con quien crecí, con quien viajé de Lisboa a París, quien aún a la distancia me acompaña y acompaño por los diversos retos que la edad adulta nos presenta, con quien reí hasta que nuestros estómagos dolieran, con quien comparto el amor por el vermú, quien me habla con una pericia y juicio justo de su cultura y quien escucha sobre la mía. A ella la extraño, me hace mucha falta.
Madrid gracias por haberme permitido ser tuyo aunque fuera por solo unos meses, gracias por haberme dejado llamarte mi hogar por un tiempo; te llevo en el corazón.
Dicen que cuando amas debes saber dejar ir, que si era tuyo regresará y si no; me permito agregar, solo se visitarán… Madrid, no nos desesperemos, que todavía nos debemos un café.
Te amo y te extraño.